Martes Febrero 9
LA LEY DE DIOS Y LA BONDAD
Lee Romanos 7:7 al 12. ¿Qué está queriendo decir aquí Pablo acerca de la ley? ¿Por qué enfatiza que la ley es buena?
El problema que tienen algunas con la ley de Dios es una mala comprensión de su lugar en el plan de la salvación. Cuando vamos al médico con alguna dolencia, debe haber primero un diagnóstico antes de que nos pueda prescribir un tratamiento. El problema surge cuando la gente confunde el diagnóstico con el tratamiento. La ley de Dios no solo sirve como norma, sino que también cumple una función de diagnóstico en el proceso de salvación. Pablo afirma sencillamente que sin la ley él no habría sabido qué era el pecado. La ley, entonces, nos diagnostica a todos como pecadores. Sin ese diagnóstico, hay poco incentivo para ir a Jesús en procura de sanidad.
En el plan de salvación, la ley de Dios es indispensable, porque sin la ley no hay pecado, y sin pecado no hay necesidad de tener un salvador.
En el Salmo 40:8, David escribió: "El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón". ¿Por qué, entonces, algunas personas creen que guardar la ley es una carga?
A veces pensamos en la ley como una prohibición: "No harás...". Y hay algo de verdad en esta idea. No obstante, al mismo tiempo, hay infinitamente más cosas que podemos hacer que las que no podemos hacer. Piensa, también, en todos los beneficios prácticos de guardar la ley de Dios. Piensa en las maneras en que aumenta la calidad de nuestra vida aquí y ahora. ¿No deberíamos confiar en la bondad de Dios lo suficiente como para saber que si él prohíbe algo, eso no debe ser bueno para nosotros?
¿Encuentras que guardar la ley es una carga? Si es así, ¿por qué? Si la Biblia dice que guardar la ley es una delicia, ¿qué estamos haciendo mal, si es una carga para nosotros?
COMENTARIO DE EGW:
Como Supremo Legislador del universo, Dios ha ordenado leyes no sólo para el gobierno de todos los seres vivientes, sino de todas las operaciones de la naturaleza. Todo, ya sea grande o pequeño, animado o inanimado, está bajo leyes fijas que no pueden ser desdeñadas. No hay excepciones a esta regla, pues nada de lo hecho por la mano divina ha sido olvidado por la mente divina. Sin embargo, al paso que todo lo que hay en la naturaleza es gobernado por la ley natural, sólo el hombre, como ser inteligente, capaz de entender sus requerimientos, es responsable ante la ley moral. Sólo al hombre, corona de la creación divina, Dios ha dado una conciencia que comprende las demandas sagradas de la ley divina, y un corazón capaz de amarla como santa, justa y buena. Del hombre se requiere pronta y perfecta obediencia. Sin embargo, Dios no lo obliga a obedecer: queda como ser moral libre.
Son pocos los que comprenden el tema de la responsabilidad personal del hombre. Sin embargo, es un asunto de máxima importancia. Todos podemos obedecer y vivir, o podemos transgredir la ley de Dios, desafiar su autoridad y recibir el castigo consiguiente. De modo que a cada alma le incumbe decididamente la pregunta: ¿Obedeceré la voz del cielo, las diez palabras pronunciadas en el Sinaí, o iré con la multitud que pisotea esa ígnea ley? Para los que aman a Dios, será la máxima delicia observar los mandamientos divinos y hacer aquellas cosas que son agradables a la vista de Dios. Pero el corazón natural odia la ley de Dios y lucha contra sus santas demandas. Los hombres cierran su alma a la luz divina, rehusando caminar en ella cuando brilla sobre ellos. Sacrifican la pureza del corazón, el favor de Dios y su esperanza del cielo a cambio de la complacencia egoísta o las ganancias mundanales.
Dice el salmista: "La ley de Jehová es perfecta" (Salmo 19:7). ¡Cuán maravillosa es la ley de Jehová en su sencillez, su extensión y perfección! Es tan breve, que podemos fácilmente aprender de memoria cada precepto, y sin embargo tan abarcante como para expresar toda la voluntad de Dios y tener conocimiento no sólo de las acciones externas, sino de los pensamientos e intenciones, los deseos y emociones del corazón. Las leyes humanas no pueden hacer esto. Sólo pueden tratar con las acciones externas. Un hombre puede ser transgresor y, sin embargo, puede ocultar sus faltas de los ojos humanos. Puede ser criminal, ladrón, asesino o adúltero, pero mientras no sea descubierto, la ley no puede condenarlo como culpable. La ley de Dios toma en cuenta los cielos, la envidia, el odio, la malignidad, la venganza, la concupiscencia y la ambición que agitan el alma, pero que no han hallado expresión en acciones externas porque ha faltado la oportunidad aunque no la voluntad. Y se demandará cuenta de esas emociones pecaminosas en el día cuando "Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala" (Eclesiastés 12:14) (Mensajes selectos, t. 1, pp. 253-255).
¡Qué Dios es el nuestro! Él gobierna sobre su reino con diligencia y cuidado; y en derredor de sus súbditos ha erigido una valla: los Diez Mandamientos, para preservarlos de los resultados de la transgresión. Al requerir que se obedezcan las leyes de su reino, Dios da a su pueblo salud y felicidad, paz y gozo. Les enseña que la perfección del carácter que él desea puede alcanzarse únicamente familiarizándose con su Palabra (La maravillosa gracia de Dios, p. 61).
Aquellos que tienen un amor genuino hacia Dios, manifestarán un ferviente deseo de conocer su voluntad y de realizarla... El hijo que ama a sus padres manifestará ese amor por una obediencia voluntaria; pero el niño egoísta, desagradecido, trata de hacer tan poco como sea posible por sus padres, en tanto que al mismo tiempo desea gozar de todos los privilegios concedidos a un hijo fiel y obediente. La misma diferencia se ve entre los que profesan ser hijos de Dios. Muchos que saben que son los objetos del amor y cuidado de Dios, y que desean recibir sus bendiciones, no encuentran placer en hacer su voluntad. Consideran los requisitos de Dios para con ellos como una restricción desagradable, sus mandamientos como un yugo gravoso. Pero el que está buscando verdaderamente la santidad del corazón y la vida, se deleita en la ley de Dios, y se lamente únicamente de que esté tan lejos de cumplir sus requerimientos (La edificación del carácter, pp. 105, 106).
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