Miércoles Marzo 10
JUSTICIA Y OBEDIENCIA (1 Juan 2:29
Aunque nos cubre la justicia de Cristo, esa justicia debe revelarse en nuestras vidas. La justicia no es solo una declaración legal. También llega a ser una realidad en la vida de la persona que la tiene. Cuán cuidadosamente deberíamos escuchar las palabras de Juan: "Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo" (1 Juan 3:7).
¿Acerca de qué podríamos ser engañados con respecto a lo que significa ser justo?
La justicia es el fruto del Espíritu que está conectado con la obediencia. Para algunas personas, la obediencia es inconsistente con la salvación por la fe. A veces se puede escuchar: "Ahora que has aceptado a Jesús como tu Salvador, ¿no lo aceptarás como el Señor de tu vida?" La implicación parece ser que nuestra obediencia a la voluntad de Dios y nuestra salvación son problemas separados. Eso es una grave y mala interpretación de lo que es la salvación. Juan escribió que vivir una vida justa es un indicador verificable de aquellos que tienen la salvación.
Lee 1 Juan 2:3 al 6. ¿Qué es lo que Juan destaca aquí?
Cuando se plantea el tema de la obediencia, no es inusual que alguien señale que no somos salvados por las obras. Aunque no puede haber duda de que la obediencia de Lucifer a la voluntad de Dios no lo puso en el cielo, debemos recordar que fue su desobediencia lo que hizo que fuera expulsado de allí. Lo mismo puede decirse de Adán y Eva. Su obediencia no los puso en el Jardín del Edén, pero fue su desobediencia a la voluntad de Dios la que hizo que fueran puestos afuera del Jardín.
"La justicia es la práctica del bien, y es por sus hechos por lo que todos han de ser juzgados. Nuestros caracteres se revelan por lo que hacemos. Las obras muestran si la fe es genuina o no" (PVGM 254).
¿Cuán bien manifiestas el fruto de justicia en tu vida? ¿Qué prácticas podrías necesitar abandonar que están impidiendo el fruto de justicia en tu vida? (Ten cuidado de no tratar de racionalizarlas para hacerlas desaparecer).
COMENTARIO DE EGW:
No ganamos la salvación con nuestra obediencia; porque la salvación es el don gratuito de Dios, que se recibe por la fe. "Sabéis que él fue manifestado para quitar los pecados, y en él no hay pecado. Todo aquel que mora en él no peca; todo aquel que peca no le ha visto, ni le ha conocido" (1 Juan 3:5, 6). He aquí la verdadera prueba. Si moramos en Cristo, si el amor de Dios mora en nosotros, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras acciones, tienen que estar en armonía con la voluntad de Dios como se expresa en los preceptos de su santa ley. "¡Hijitos míos, no dejéis que nadie os engañe! el que obra justicia es justo, así como él es justo" (1 Juan 3:7). Sabemos lo que es justicia por el modelo de la santa ley de Dios, como se expresa en los Diez Mandamientos dados en el Sinaí.
Esa así llamada fe en Cristo, que según se declara exime a los hombres de la obligación de la obediencia a Dios, no es fe sino presunción. "Por gracia sois salvos, por medio de la fe". Mas "la fe, si no tuviere obras, es de suyo muerta" (Efesios 2:8; Santiago 2:7). Jesús dijo de sí mismo antes de venir al mundo: "Me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley están en medio de mi corazón" (Salmo 40:8). Y cuando estaba por ascender a los cielos, dijo otra vez: "Yo he guardado los mandamientos de mi padre, y permanezco en su amor" (S. Juan 15:10). La Escritura dice: "¡Y en eso sabemos que le conocemos a él, a saber, si guardamos sus mandamientos... El que dice que mora en él, debe también él mismo andar así como él anduvo" (1 Juan 2:3-6). "Pues que Cristo también sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo, para que sigáis en sus pisadas" (1 Pedro 2:21) (El camino a Cristo, pp. 60, 61).
La provisión hecha para la salvación de los seres humanos mediante la justicia imputada de Cristo no anula la ley ni disminuye sus requerimientos. Cristo vino para exaltar la ley, para establecerla, y para revelar su carácter inmutable. El evangelio de la gracia no ofrece otro camino de salvación que no sea la obediencia a la ley de Dios, pero ésta debe ser hecha en la persona de Jesucristo, el divino sustituto. En la antigua dispensación los creyentes también eran salvados por la gracia de Cristo. El pacto abrahámico no ofrecía otro medio de salvación aparte de lo que ofrece el evangelio.
Aunque se nos amonesta a obedecer, no debemos pensar que nuestras buenas obras nos dan algún mérito para la salvación; ésta es un don gratuito de Dios y se recibe por la fe. La ofrece Cristo al alma arrepentida mediante el gran plan de redención. Pero la prueba de nuestro amor a él, la evidencia de nuestra fe, es la obediencia a su santa ley. Nuestro Salvador dice: "El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él" (S. Juan 14:21). Cristo nos pide que guardemos los mandamientos porque sabe que el resultado será formar un carácter de acuerdo a la semejanza divina (Signs of the Times, mayo 16, 1895).
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